| 08. |
Herencia de la Supernova
Como hogueras en la noche / una por segundo / la última en ejecutar su danza de combustión en la galaxia / provocó el éxtasis de Johannes Kepler / por siempre ya geómetra de lo místico / una explosión más próxima habría sido el fin / del viejo planeta. Sin embargo / este particular canto / de ondas de sonido y rayos gamma / este cegador y apabullante modo de morir / (denso cisne de carbono, sílice y oxígeno) / legó al principio de los tiempos / un rastro nutricio. Hoy proclaman los científicos / con alborozo de antiguos poetas / en los días del tótem y la esfera: / somos hijos / de una estrella.
Natalia CARBAJOSA
FLOR DE FUEGO
Hanabi. La traducción al castellano sería ‘fuegos artificiales’, pero el término, en japonés, se forma uniendo dos kanjis: Hana, una de cuyas traducciones es ‘flor’ y Bi, ‘fuego’. Literalmente: ‘flor de fuego’.
Los japoneses, como los chinos y los españoles, son grandes aficionados a la pirotecnia. Recuerdo uno de esos festivales, tan perfecto y minimalista como los jardines de los que hacía gala la ciudad que nos acogía, Takayama, un enclave turístico situado en el corazón de los Alpes Japoneses, a unos 300 kilómetros de Tokio.
Corría el mes de junio de 1998 y me encontraba en Takayama para asistir a la conferencia «Neutrino98» 1, dedicada, entonces como ahora, a la física de neutrinos, mi campo de actividad profesional.
Entre las partículas elementales estables, los neutrinos son las más ligeras y escurridizas. Se producen copiosamente en las reacciones nucleares, en particular en las desintegraciones de núcleos radioactivos y en los procesos de fisión de los que hablaremos brevemente en este capítulo. Apenas tienen masa, se mueven prácticamente a la velocidad de la luz y la materia es, a todos los efectos, transparente para ellos. Son lo más parecido a un fantasma, un pedacito diminuto y tenue de realidad 2.
Y sin embargo, los neutrinos tienen una función esencial en uno de los procesos más violentos y cruciales del universo. La explosión de una supernova.
Hay estrellas, como nuestro propio Sol, que al morir se expanden, convirtiéndose en un gigante rojo, devorando en su agonía a los planetas que orbitan cerca de ellas. Otras, más masivas y orgullosas, terminan su vida con un tremendo estallido, una explosión tan fabulosa que durante semanas o meses, la luz emitida por el astro moribundo se ve más que la de toda su galaxia. Cada siglo se encienden una o dos supernovas en la Vía Láctea. En 1988 se celebraba el décimo aniversario de la primera —y hasta la fecha única— observación de los neutrinos procedentes de una de ellas, por el detector Super-Kamiokande 3, un inmenso aparato para estudiar estas partículas, sito, precisamente, en la vecindad de Takayama.
....

|