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Llama sagrada
Según la leyenda, un cabrero encontró una llama sagrada que surgía de la tierra. En torno a esa llama se erigió un templo donde moraba una adivina que podía ver el futuro en los dibujos del fuego. Y esa profetisa se llamó el Oráculo de Delfos.
FUEGOS FATUOS
La llama del Monte Parnaso que dio lugar al templo del Oráculo de Delfos no fue la única emanación espontánea de gas natural conocida en el mundo antiguo. En la antigua India, Persia y China ya se conocía la existencia de esos fuegos fatuos y era también costumbre atribuirles orígenes sobrenaturales, al menos hasta el año 500 a. C. en que los chinos construyen los primeros gaseoductos de la historia —¡con tubos hechos de bambú!—, tomándole, como en tantos otros inventos, milenios de delantera a Occidente.
En Estados Unidos, la existencia de fuentes naturales de gas se conoce desde 1626, cuando los franceses que exploraban la región del Lago Erie, observaron a tribus nativas encendiendo fuegos en escapes de gas en torno al lago. De hecho, el mismísimo pozo excavado por Drake en 1859 producía no solo petróleo, sino también gas natural, que se aprovechó construyendo un gaseoducto de unos 9 kilómetros, desde el yacimiento hasta Titusville. Rudimentaria como era, esta primera instalación demostró la viabilidad de explotar el recurso. Aunque los galones de Drake fueran falsos, no puede negársele el mérito de haber iniciado simultáneamente la edad del petróleo y del gas natural.
Unos años más tarde, en 1885, Robert Bunsen inventó su famoso mechero, un dispositivo capaz de mezclar gas natural y aire en las proporciones adecuadas, produciendo una llama azul, de escasa luminosidad, muy caliente y regulable (incorporando más o menos aire al gas) que podía utilizarse para la cocina y la calefacción de manera segura y en el que están basados todos los modernos dispositivos de gas.
El gas natural es, en muchos sentidos, un combustible superior al carbón y al petróleo, pero su transporte a lo largo de grandes distancias supone un problema importante. La manera más económica de hacerlo es mediante gaseoductos fabricados con tubos de acero o fibra de carbono y en los que el gas se transporta, comprimido, a lo largo de miles de kilómetros. La red nacional de gaseoductos en España se muestra en el gráfico 6.1. Uno de los ramales principales llega directamente desde Argelia, atravesando el estrecho de Gibraltar, una solución factible cuando se trata de pocos kilómetros de línea submarina. El resto de los ramales nacen de ciudades portuarias a las que llega el gas natural en forma líquida.
La construcción de gaseoductos no empezó a gran escala hasta 1920 y su desarrollo ocupó unas cuatro o cinco décadas. El transporte intercontinental por vía marítima tiene que realizarse, sin embargo, por medio de grandes barcos, similares a los petroleros. Para ello antes es necesario transformar el gas natural en líquido, o LNG 1, ya que ocuparía demasiado espacio en forma gaseosa, y construir, en el puerto de destino, grandes plantas regasificadoras conectadas a la red de gaseoductos.
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