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Maná que grota de la tierra
Nieto: ¿Es verdad que las quemasteis? ¿Quemasteis todas esas maravillosas moléculas orgánicas? Abuelo: Es verdad. Lo siento. Las quemamos.
K. S. DEFFEYES
LA TRAVESÍA DEL DESIERTO
Había una Biblia ilustrada para niños en casa de una de mis tías. Yo andaría por los seis o siete años y no eran pocos los sábados por la tarde que mis padres me confiaban a su cuidado. Era uno de esos tratos afortunados, donde todo el mundo ganaba. Mis padres aprovechaban para ocuparse de las compras de la semana y respirar un poco de aire fresco. Mi tía disfrutaba atiborrándome a galletas con leche, pero no tanto como disfrutaba yo con las aventuras del pueblo de Israel. La furia con que Yavé doblegaba a golpe de plagas al faraón, aquella escapada milagrosa de Egipto, con el mar Rojo salvando a las tribus, in extremis, de los ejércitos de Ramsés —el gran rey de rodillas, contemplando los cadáveres de sus soldados ahogados, preguntándose por las razones de la divinidad para favorecer a un puñado de cabreros—. La larga travesía por el desierto del Sinaí, llevando su arca a cuestas, camino de la Tierra Prometida. Y el maná que caía del cielo de madrugada y que me parecía más milagroso —por lo sostenido, por lo cotidiano— que la hazaña de abrir las aguas del océano para permitirles el paso.
En 1859 el coronel Drake 1 inició una serie de perforaciones en Titusville, Pensilvania, que resultaron en la primera explotación industrial del petróleo. Hasta esa fecha los hombres se habían limitado a recoger el líquido aceitoso, conocido desde la época en que los israelitas atravesaban el desierto, allá donde lo encontraban. Marco Polo, en sus viajes por Asia a fines del siglo XII, anota la existencia de fuentes naturales de petróleo en Bakú (mar Caspio), muy apreciado por los locales como fuente de luz y calor por la facilidad con que ardía. Era otro tipo de maná, uno que en lugar de caer del cielo brotaba de la tierra, no por ello menos milagroso y abundante que el que había alimentado a las tribus. Cerca del Sinaí, bajo las arenas del desierto de Arabia había océanos enteros.
CÓMO SE FORMARON EL PETRÓLEO Y EL GAS NATURAL
Esos océanos de petróleo, a menudo acompañados de otros no menos extensos de gas natural, se formaron mayoritariamente durante el periodo Jurásico, hace unos 200 millones de años, «cuando los dinosaurios dominaban la tierra». De ahí la leyenda, tan extendida como falsa, de que el petróleo se debe a la descom¬posición de los cadáveres de los grandes reptiles —recuerdo los cromos de aquellos álbumes de historia natural de mi niñez, en los que se veían incontables diplodocus flotando en un mar subterráneo de crudo que prácticamente emanaba de ellos—. Es cierto, sin embargo, que el origen de los combustibles fósiles es orgánico 2, aunque menos grandioso.
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