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El Ecologista Nuclear
I. NO ES VERDE TODO LO QUE RELUCE
II. DELICIA ETERNA
III. UNA HERENCIA DILAPIDADA
IV. EL COMBUSTIBLE INNOBLE
V. MANÁ QUE BROTA DE LA TIERRA
VI. LLAMA SAGRADA
VII. A BORDO DEL NAUTILUS
VIII. HERENCIA DE LA SUPERNOVA
IX. REACTORES NUCLEARES
X. ¿NUCLEAR NO GRACIAS?
XI. LA LETANÍA ANTINUCLEAR
XII. HELIOS Y EOLO
XIII. EN LA ENCRUCIJADA
Trece mentiras
03.

Una herencia dilapidada


Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Y el padre les repartió la herencia. A los pocos días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida.
«Parábola del hijo pródigo», Nuevo Testamento. Biblia.

ALADINO Y EL GENIO


Todos sabemos cómo Aladino sale del apuro cuando el nigromante le encierra en el interior de la cueva. Encuentra una lámpara, la frota y un poderoso genio se pone a su servicio, concediéndole todos sus deseos. Para empezar, le transporta velozmente de regreso a casa, aunque quizás no tanto como si hubiera tomado el Airbús o el AVE; luego colma de manjares su mesa, disponiendo en ella casi tantas viandas como las que almacenan nuestros refrigeradores, y finalmente le viste con lujosas sedas de China que hoy pueden encontrarse en las rebajas de El Corte Inglés. El muchacho no tarda en confiarse y se entrega a la buena vida, dando por sentado que se merece todos los dones de los que disfruta.

Hasta que el malvado mago regresa para recuperar lo que es suyo y las cosas se ponen feas.

También en la historia que me dispongo a contar hay una lámpara maravillosa que, como en algunas variantes de la leyenda de las mil y una noches, concede tres y solo tres deseos: son suficientes. Pedid carbón, petróleo y gas natural y el resto se os dará por
añadidura. Nuestra sociedad se diferencia tanto de las que nos han precedido a lo largo de los últimos 10.000 años como la casa de Aladino de las del resto de su barrio miserable.

Todas las sociedades tradicionales han obtenido luz y calor quemando leña, hojarasca, arbustos y bosta a la vez que confiaban en los músculos de hombres y bestias de tiro para los trabajos domésticos, la agricultura y la construcción. Hasta hace 200 años, el recurso principal para acarrear cargas, transportar mercancías y realizar labores pesadas como arar, moler o elevar pesos eran los músculos de humanos y animales. Las primeras norias y molinos de viento empezaron a tener un papel significativo a partir del siglo XIII en Europa, aunque sus aplicaciones era limitadas y no ali-viaban demasiado la dureza de las condiciones de vida. Todavía en el siglo XIX el trabajo humano y animal correspondía a más del 85% del esfuerzo total. Hay que aguardar al periodo fabuloso que incluye las últimas décadas del XIX y primeras del XX para que, por primera vez en 10.000 años, el hombre deje de ser, sobre todo, una bestia de carga. A partir de 1950, el predominio del motor de com¬bustión interna (automóviles, tractores, camiones, transatlánticos, petroleros, trenes), los motores eléctricos (tranvía, metro, AVE, TGV, Shinkansen 1), las turbinas móviles (aviación comercial) y las turbinas fijas de gas (plantas de generación eléctrica) convierten a cada ciudadano de los países desarrollados en un auténtico Craso, Alí Babá o Rockefeller, bastante más rico que cualquier magnate de la Antigüedad 2


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