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Una herencia dilapidada
Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Y el padre les repartió la herencia. A los pocos días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida.
«Parábola del hijo pródigo», Nuevo Testamento. Biblia.
ALADINO Y EL GENIO
Todos sabemos cómo Aladino sale del apuro cuando el nigromante le encierra en el interior de la cueva. Encuentra una lámpara, la frota y un poderoso genio se pone a su servicio, concediéndole todos sus deseos. Para empezar, le transporta velozmente de regreso a casa, aunque quizás no tanto como si hubiera tomado el Airbús o el AVE; luego colma de manjares su mesa, disponiendo en ella casi tantas viandas como las que almacenan nuestros refrigeradores, y finalmente le viste con lujosas sedas de China que hoy pueden encontrarse en las rebajas de El Corte Inglés. El muchacho no tarda en confiarse y se entrega a la buena vida, dando por sentado que se merece todos los dones de los que disfruta.
Hasta que el malvado mago regresa para recuperar lo que es suyo y las cosas se ponen feas.
También en la historia que me dispongo a contar hay una lámpara maravillosa que, como en algunas variantes de la leyenda de las mil y una noches, concede tres y solo tres deseos: son suficientes. Pedid carbón, petróleo y gas natural y el resto se os dará por
añadidura. Nuestra sociedad se diferencia tanto de las que nos han precedido a lo largo de los últimos 10.000 años como la casa de Aladino de las del resto de su barrio miserable.
Todas las sociedades tradicionales han obtenido luz y calor quemando leña, hojarasca, arbustos y bosta a la vez que confiaban en los músculos de hombres y bestias de tiro para los trabajos domésticos, la agricultura y la construcción. Hasta hace 200 años, el recurso principal para acarrear cargas, transportar mercancías y realizar labores pesadas como arar, moler o elevar pesos eran los músculos de humanos y animales. Las primeras norias y molinos de viento empezaron a tener un papel significativo a partir del siglo XIII en Europa, aunque sus aplicaciones era limitadas y no ali-viaban demasiado la dureza de las condiciones de vida. Todavía en el siglo XIX el trabajo humano y animal correspondía a más del 85% del esfuerzo total. Hay que aguardar al periodo fabuloso que incluye las últimas décadas del XIX y primeras del XX para que, por primera vez en 10.000 años, el hombre deje de ser, sobre todo, una bestia de carga. A partir de 1950, el predominio del motor de com¬bustión interna (automóviles, tractores, camiones, transatlánticos, petroleros, trenes), los motores eléctricos (tranvía, metro, AVE, TGV, Shinkansen 1), las turbinas móviles (aviación comercial) y las turbinas fijas de gas (plantas de generación eléctrica) convierten a cada ciudadano de los países desarrollados en un auténtico Craso, Alí Babá o Rockefeller, bastante más rico que cualquier magnate de la Antigüedad 2
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