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Delicia eterna
Energía es delicia eterna.
William BLAKE.
SÍSIFO EN EL INFIERNO
En su viaje al Hades, Ulises (Odisea, XI) encuentra a Sísifo, rey de Éfira y quizás su padre ilegítimo. Como el propio Odiseo, Sísifo fue un gran navegante y un aún mayor embustero, compitiendo con su hijo no reconocido por el título de ser el más astuto de los hombres. Su hazaña más notable fue la de apresar a Tánatos, el emisario de la muerte, cuando este vino a buscarle, causando un notable trastorno en el mundo, ya que nadie murió durante la temporada que le costó al dios Ares remediar el desaguisado. Cuando finalmente el gran tramposo dio con sus huesos en los infiernos, fue condenado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada. En la misma cima del promontorio, la roca se deslizaba de sus manos sudorosas y rodaba cuesta abajo, con lo que el condenado se veía obligado a repetir infinitamente la misma rutina.
Para subir la piedra, Sísifo necesita aplicar energía (muscular) contra la fuerza de la gravedad, que se opone a sus esfuerzos. Como resultado de su trabajo, al llegar a lo alto de la colina el pedrusco en cuestión ha ganado un tipo de energía que denominamos ener¬gía potencial, Ep. La roca puede (de ahí el término «potencial») realizar un trabajo a medida que cae, proporcional a la masa de la pie
dra (m), la altura de la montaña (h) y una constante que refleja la acción de la gravedad (g), esto es, Ep = m × g × h.
Sísifo transforma su energía muscular en energía potencial que, a su vez, puede transformarse en electricidad (si su condena hubiera sido empujar un gran tanque de agua en lugar de una piedra, el líquido, al caer, podría haber movido una turbina conectada a un alternador para producir corriente). En todo el proceso hay una cantidad que fluye, conservándose en magnitud a la vez que se transforma en calidad (energía muscular, energía potencial, energía eléctrica). La energía no se crea ni se destruye, tan solo se transforma. Esta es la primera y más famosa ley de la termodinámica, originada por las observaciones del médico alemán J. R. Meyer (1814-1878) y cuya formulación final, tras años de laboriosos expe¬rimentos, se debe al gran físico inglés J. P. Joule (1818-1889).
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