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Helios y Eolio
Cuando Odiseo y su tripulación se encontraban en la isla de Eolia, invitados por Eolo Hipótada, el rey de los vientos, este le regala a Odiseo todos los vientos dentro de una bolsa excepto el que los puede llevar a Ítaca. Mientras duerme, los hombres revisan la bolsa pensando en los tesoros que podría tener y liberan todos los vientos. Llegan a la isla de los lestrigones, gigantes antropófagos que matan y se comen a la tripulación de once barcos. Resumen del episodio, Canto X, Odisea
AGOSTO EN NUEVA YORK
En verano siempre hace calor en la Gran Manzana, pero aquel agosto de 2003 había sido particularmente bochornoso. El termó-metro llevaba rondando los 35 °C todo el mes, con un nivel de humedad cercano al 100%. Cuanto más subía la temperatura, más bajaban los termostatos de los neoyorkinos, tanto, que no era raro verse obligado a recurrir a un jersey en la oficina, mientras afuera la canícula se ensañaba con repartidores, carteros, vendedores ambulantes y aquellos turistas lo bastante insensatos como para aventurarse por las avenidas al rojo vivo.
El 14 de agosto empezó como cualquier otro día. Sudando. Pasé la mayor parte de la jornada encerrado en mi despacho, en el edificio de Física del Campus de la Universidad de Columbia, situado en el mismo centro de Manhattan, trabajando en un artícu¬lo científico cuya publicación se había retrasado más de la cuenta, hasta que la pantalla de mi ordenador se apagó de repente. Sin embargo, no me inquieté hasta una hora u hora y media más tar¬de, cuando comencé a oír voces y algún portazo en las oficinas veci-nas. Salí al pasillo. «Parece que se ha ido la luz en toda la ciudad», me dijo una de las secretarias del departamento, muy agitada. Había mucha gente nerviosa, formando corrillos o intentando lla¬mar por teléfono. Reparé en que uno de los managers del edificio estaba hurgando en un armario de servicio, iluminando el interior con una linterna. Pregunté si le podía ayudar en algo. «El grupo electrógeno no arranca», masculló. «Tengo que avisar a los bom-beros, hay gente atrapada en el ascensor». Dave Schmitz, uno de mis colaboradores, pasó como una exhalación a mi lado, camino de la escalera de incendios. «Puede que sea un ataque terrorista», me gritó, sin detenerse, cuando le interpelé. «Me voy a casa antes de que esto se convierta en una ratonera».
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