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El Ecologista Nuclear
I. NO ES VERDE TODO LO QUE RELUCE
II. DELICIA ETERNA
III. UNA HERENCIA DILAPIDADA
IV. EL COMBUSTIBLE INNOBLE
V. MANÁ QUE BROTA DE LA TIERRA
VI. LLAMA SAGRADA
VII. A BORDO DEL NAUTILUS
VIII. HERENCIA DE LA SUPERNOVA
IX. REACTORES NUCLEARES
X. ¿NUCLEAR NO GRACIAS?
XI. LA LETANÍA ANTINUCLEAR
XII. HELIOS Y EOLO
XIII. EN LA ENCRUCIJADA
Trece mentiras
11.

La letanía antinuclear

SOCIEDAD HIPOCONDRÍACA

El mayor malentendido relacionado con la energía nuclear y explotado de manera continua por los que se oponen a ella, es, pre-cisamente, la naturaleza de la radioactividad. Pierre y Marie Curie llevaban en los bolsillos de sus batas de laboratorio tubos de ensayo repletos de materiales altamente radioactivos, ignorantes de que, en dosis tan altas, la radiación gamma podía resultarles perjudicial. Por el contrario, la propaganda antinuclear ha sido tan efectiva que la mayor parte de los ciudadanos está convencida de que cualquier «escape» radioactivo es letal o que los residuos radioactivos deben enterrarse a kilómetros de profundidad para evitar sus efectos nocivos —en realidad bastan unos metros de tierra para absorber incluso la radiación gamma más intensa—, o bien que el riesgo de cáncer aumenta exponencialmente por culpa de las centrales nucleares, lo cual, afortunadamente para los franceses, no es cierto.

Cáncer. En una sociedad como la nuestra, basta con invocarlo para que nos echemos todos a temblar como niños de antaño a la mención del hombre del saco. Es cierto que tenemos buenas razones para temerle; a fin de cuentas, mata a uno de cada cuatro ciudadanos de los países ricos. Entre los pobres no tiene tanto éxito, ya que se ve obligado a competir con la malaria, el tifus, la contaminación, el sida, la desnutrición y la violencia pura y dura de una vida miserable. Pero el mercado es mucho menos competitivo en Occidente, donde solo tiene que compartir negocio con las enfermedades de corazón y la carretera. Sin embargo nos da más miedo que unas y otra, aunque no sea más que porque todos pensamos que el accidente de coche o el infarto siempre le ocurren al vecino. Pero el cáncer... ¿cómo evitar que nos toque la lotería? ¿Dejando de fumar? (desde luego). ¿Evitando comilonas y controlando el alcohol? (muy posiblemente). ¿Consumiendo solo productos macrobióticos? (bueno, posiblemente no nos harán ningún daño). ¿Evitando la sacarina en el café? (inútil a no ser que se prefiera amargo). ¿Qué hay de las ondas electromagnéticas? Si uno echa un vistazo a la prensa de los últimos 30 años han pasado de provocar cáncer, a prevenirlo y a provocarlo de nuevo. ¿Y qué hay de los fertilizantes, pesticidas, conservantes, teléfonos móviles, pantallas de televisión, los escapes de los coches, los abestos, el titanio? Y por si todo eso fuera poco, la radioactividad.

Imaginemos, por ejemplo, a un pobre diablo obligado a permanecer durante un año en las inmediaciones de una central nuclear. Como el profesor Bernard L. Cohen nos explica con detalle en su excelente libro [Cohen, 1990], el infeliz va a ser bombardeado por la friolera de 500.000 millones de partículas de alta energía a lo largo de esos 12 fatídicos meses, al trepidante ritmo de 15.000 partículas por segundo.

Seguro que ningún lector querría estar en su pellejo, ¿verdad?

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El Ecologista Nuclear

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